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Zoilamérica tenía sólo 12 años cuando
conoció a “Enrique”, seudónimo de Daniel Ortega cuando éste andaba
en la clandestinidad. Era el nuevo compañero sentimental de su madre,
Rosario Murillo.
Los abusos comenzaron desde el primer momento con toqueteos y frases
obscenas dirigidas a la pequeña niña.
Cuado cumplió los 14 años, Zoilamérica fue violada por primera vez.
Desde entonces el horror se prolongó por casi 20 años.
Daniel Ortega llegó al grado de obligarla a mantener relaciones
sexuales con terceras personas mientras él observaba. La humillación,
de acuerdo al testimonio de Zoilamérica, fue aberrante.
Muchas personas, incluyendo a mujeres militantes sandinistas
cercanas a Ortega y fanáticas revolucionarias en otros países,
argumentan que todo se trata de un complot político. La misma madre,
Rosario Murillo, una excéntrica mujer que profesa al mismo tiempo el
comunismo y el fanatismo religioso dice que su hija miente.
En esta entrevista, la primera que Zoilamérica concede en dos años,
comparte con los salvadoreños su experiencia, sus miedos y sus
esperanzas
El Diario de Hoy: La mayor parte de tu vida transcurrió tras
los muros del poder y del abuso sexual ¿Cómo fue tu aterrizaje en el
planeta de la normalidad después de tu denuncia?
Zoilamérica Narváez: Esa es mi sensación. Casualmente
ayer le decía a una amiga que tengo la sensación de que es la
primera vez que estoy casada, que soy madre, que trabajo. Es la
primera vez que las cosas me cuestan. La vacuna contra el poder es
la humildad. Me he visto obligada a volver a empezar. Mi denuncia
implicó perderlo todo. Tuve que enfrentarme a todo y contra todos.
Eso cambió todo y por eso todo lo he redescubierto. El amor, ser
mamá, manejar una casa.
¿Están sanando las laceraciones espirituales del abuso?
No. La parte más difícil es reconocer que hay áreas de tu vida con
las cuales vas a tener que lidiar todo el tiempo. Por ejemplo, el
tema de la confianza. Lo que para otro ser humano es montarse en un
avión y tirarse en un paracaídas, para mí es sencillamente confiar
en los demás. Eso es un área muy difícil... lo que representan
para mí las noches, la oscuridad...
¿Todavía te atormenta la oscuridad y la noche?
Sí, todavía... y lo que significan ciertos sonidos.
¿Te atormentan los símbolos del poder?
Sí, el poder… en cualquier escala. El poder... una persona con poder.
A veces he pensado que el mundo está dividido entre las personas
abusadas y no abusadas. Las personas abusadas llegamos a tener una
serie de limitaciones para interactuar con normalidad.
¿Qué cosas normales para otros te perturban a
ti?
Por ejemplo, las campañas electorales entran en esa categoría de
cosas que resultan para mí como pesadilla. Hay gente que no te cree,
incluso mujeres de esas que se dicen revolucionarias han dicho que
lo tuyo es una acción política. Cuando alguien interpreta el acto de
mi denuncia como un acto planificado y calculado se equivocan.
Caen en la mayor descalificación al decir que se trató de un
complot político. Mi denuncia fue un impulso de salvación ante una
serie de hechos con los cuales intenté detener el abuso sexual.
Todavía hoy vivo sólo con la fuerza de Dios y de una conciencia muy
bien puesta. Cada vez que una persona se expone ante un
sobreviviente de abuso sexual, tiene la elección de creerle o no
creerle. Eso depende mucho de su propia humanidad.
¿Por qué se habla de un complot político?
Tengo contra mí una maquinaria política que logró su cometido.
Hacerme ver como una amenaza política. Me amenaza el estigma
político. En esto está implicada la derecha y la izquierda, porque
es una complicidad de poderes lo que no permitió tener acceso a la
justicia. El tiempo ha sido mi mejor aliado. Hoy es más la gente
que me cree que hace cinco años.
¿Te sientes especial?
Mi testimonio no es diferente a la de otra sobreviviente. Yo soy
una más. No creo ser una abusada especial. No creo que en eso de
que pueda tener fama por ser abusada sexual política. Mi historia y
mi camino es el mismo que le toca recorrer a toda mujer que se
decide por la denuncia.
¿Ya terminó todo?
Continúo expuesta al abuso de poder. Continúo amenazada por el uso
del poder político de mi padrastro Daniel Ortega. Eso es lo que me
mantiene con una demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos. Un caso que no termina no porque yo lo prolongue, sino
porque no ha habido la entereza política de enfrentarlo.
¿Sientes rencor?
No.
¿Contra tu mamá, que nunca te apoyó?
No.
¿Miedo?
Tengo miedo de que mi recuperación no avance lo suficiente para
permitirme hacer cosas que quiero hacer. Escuchar y amar a niños y
niñas abusadas requiere que yo esté mejor cada día. Aconsejar a una
sobreviviente qué hacer y cómo hacer requiere de mucha fuerza. Yo
no tuve la oportunidad de tomar la suficiente distancia de mi
ofensor, porque yo encuentro todos los días a Daniel Ortega en la
televisión, en el periódico y hasta en la calle. A veces, cuando
la herida comienza a sanar, aparece algo que la empieza a reabrir.
¿Cuál es el reto?
Mi mayor desafío es persistir en el intento de mantener limpio mi
corazón. Estoy segura que hacia mi mamá no tengo rencor, pero sigue
siendo parte del poder político que me abusa y eso me obliga a
mantener una distancia para ser respetada y para tener derecho a
poder hacer mi vida. Este es el principal anhelo: tener la
posibilidad de sanar sin ingerencia y sin más abusos.
¿Cuál es la herencia de la revolución sandinista?
Yo tenía, al triunfo de la revolución, 12 años. Fui formada en ese
sistema de valores. Viví esa historia desde la perspectiva de mi
casa y de los valores que aprendí fuera de la casa. Mi participación
política tuvo que ver mucho con la sensibilidad que mucha gente de
mi generación logró para conocer los grandes problemas que tenían
los pobres de este país. Pero vivía en la dicotomía de lo que
ocurría en mi casa, donde los valores no estaban claros y donde la
experiencia de abuso marcó mi experiencia de mujer. Creo ser el
resultado de una generación de nicaragüenses que a trece años lleva
consigo un profundo humanismo, pero que lleva en su ser heridas
profundas por la falta de ética y moral. La doble moral fue el
mayor antivalor heredado que nos tocó corregir con mucha represión y
con mucho dolor y con el despertar que yo misma tuve al hacer mi
denuncia
¿Qué le queda a nuestra generación de la soñada
utopía?
Creo que en nosotros sigue habiendo un espíritu de transformación.
En mi generación hay una profunda conciencia de luchar por aquello
que se quiere. Esto, sin embargo, está nublado por el engaño, por
esa misma doble moral. Esos sueños y esa voluntad de lucha se han
visto opacados por esa ambigüedad. Lo que ocurría y que no te dabas
cuenta nos hizo pedazos la utopía, pero nos ha permitido volver a
construirla de acuerdo a nuevos valores y a nuevas creencias.
Nuestra generación no está sin sueños, creo que los estamos
renovando todo el tiempo y esa es la mejor herencia..
¿Qué pasó con aquellos líderes?
Te decía que la parte ética y moral fue la que empezaron a
traicionar los grandes dirigentes que abusaron del poder. Muchos de
ellos nunca estuvieron apegados a estos principios. Muchos de ellos
ni siquiera los llevaban, sino que se disfrazaron. Para mí la
batalla pendiente, y la que nunca se ganó, fue la batalla por la
moral y por la ética. Ellos empezaron a distanciarse de toda la
verdadera fuerza. De esa revolución de ellos no queda más nada. Pero
creo que hay un espíritu pendiente intentando hacer cosas y no
precisamente desde la parte política.
Las nuevas generaciones seguirán, en tu opinión,
siendo tentadas por sueños de revolución?
Las circunstancias cambian. Mi mayor aspiración es que tus hijos y
los míos crezcan aprendiendo a ser coherentes. La doble moral fue
lo que marcó los valores de la familia y de la vida cotidiana. En
ese sentido no quisiera pensar que mis hijos van a crecer en esos
valores. No creo que en el marco de la familia y de los valores de
la vida privada aquellos puedan ser el esquema que debió acompañar
a nuestra generación y a la futura.
¿Eres marxista?
Nunca he sido marxista. Por sobre todas las cosas me defino como
cristiana. Creo en la transformación de los conflictos por
distintas vías.
¿Qué fue del hombre nuevo del que tanto se habló durante la
revolución?
Retomo el aspecto de la doble moral. Reconocemos que las principales
derrotas de la revolución tuvieron que ver con la formación de
valores profundos a partir de la falta de ejemplaridad de sus
dirigentes. Tenemos que reconocer que el hombre nuevo se logró en
aquellos que por su propia inspiración, por su propia manera de
vivir la revolución alcanzaron humanismo, pero no precisamente
porque se tratara de un precepto gestado desde los dirigentes
políticos y desde vanguardias. Hubo un poco de revolución en cada
persona que se involucró genuinamente, no en aquellos que
convivieron con el abuso de poder y con el poder que llegó a cegar
mentalidades y que fanatizó a mucha gente.
¿Será que el papel de la izquierda, como decía alguien, es
sitiar el poder, pero nunca tomarlo?
Creo que lo que está fallando no es la izquierda ni la derecha,
sino una cultura política que asume el poder como una forma de
ejercer prácticas inhumanas. De eso soy resultado yo en mi
condición de mujer abusada. Yo he sido víctima de abusos de poder
de la izquierda en mi familia. Y por la derecha en la actual
situación de impunidad que favorece a la misma persona que me hizo
daño.
¿Eres una mujer triste o sólo estás triste?
No. No soy ni estoy triste. Encontré la manera de seguir haciendo
mi vida con otros. Nunca he estado tan acompañada como hoy. Puedo
decirte que estamos haciendo otra revolución con el despertar de
conciencia de mujeres y hombres abusados. Tuve que transformar mi
cuerpo, mi conciencia, mi manera de ver la vida y el darme cuenta
de lo que alcanzo cada día, con mi familia, con mi esposo ,con mis
hijos y lo que alcanza toda mujer que se atreve a hablar es una
gran satisfacción. No hay nada más feliz que sentirse libre, que
sentirse transformándose profundamente. A lo mejor la gran
equivocación de nuestras revoluciones fue empezar las liberaciones
de arriba hacia abajo, pretendimos liberar países y luego liberar
personas. La lección en mi vida ha sido que en la medida que como
mujer y como persona me he empezado a liberar y otros se han
liberado conmigo estamos haciendo transformaciones verdaderas y
vamos alcanzando pequeños espacios de felicidad. Pero eso pasa por
la humildad de reconocer que somos pocos. Que existe un poder que
puede resultar aplastante. La impunidad es un poder aplastante
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