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Zoilamérica Narváez

“SIGO AMENAZADA POR DANIEL”

 

Zoilamérica Narváez sacudió a buena parte del mundo cuando denunció los abusos sexuales de que la hizo objeto su padrastro, Daniel Ortega Saavedra, presidente de Nicaragua y cabecilla de la facción sandinista. Abusó de ella durante más de 20 años

 

Marvin Galeas/El Diario de Hoy

 

El padrastro de Zoilamérica Narváez no era un violador de esos de página roja en un día cualquiera. Se trata de Daniel Ortega Saavedra, actual presidente de Nicaragua, máximo cabecilla del Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Lea aqui el testimonio judicial completo

 

Zoilamérica tenía sólo 12 años cuando conoció a “Enrique”, seudónimo de Daniel Ortega cuando éste andaba en la clandestinidad. Era el nuevo compañero sentimental de su madre, Rosario Murillo.
Los abusos comenzaron desde el primer momento con toqueteos y frases obscenas dirigidas a la pequeña niña.

Cuado cumplió los 14 años, Zoilamérica fue violada por primera vez. Desde entonces el horror se prolongó por casi 20 años.
Daniel Ortega llegó al grado de obligarla a mantener relaciones sexuales con terceras personas mientras él observaba. La humillación, de acuerdo al testimonio de Zoilamérica, fue aberrante.

Muchas personas, incluyendo a mujeres militantes sandinistas cercanas a Ortega y fanáticas revolucionarias en otros países, argumentan que todo se trata de un complot político. La misma madre, Rosario Murillo, una excéntrica mujer que profesa al mismo tiempo el comunismo y el fanatismo religioso dice que su hija miente.

En esta entrevista, la primera que Zoilamérica concede en dos años, comparte con los salvadoreños  su experiencia, sus miedos y  sus esperanzas
 
El Diario de Hoy: La mayor parte de tu vida transcurrió tras los muros del poder y del abuso sexual ¿Cómo fue tu aterrizaje en el planeta de la normalidad después de tu denuncia?

Zoilamérica Narváez: Esa es mi sensación.  Casualmente ayer le decía a una amiga que tengo la sensación  de que es la primera vez que estoy casada, que soy madre, que trabajo.  Es la primera vez que las cosas me cuestan. La vacuna contra el poder es la humildad. Me he visto obligada a volver a empezar.  Mi  denuncia implicó perderlo todo.   Tuve que enfrentarme a todo y contra todos. Eso cambió todo y por eso todo lo he redescubierto. El amor, ser mamá, manejar una casa.
 
¿Están sanando las laceraciones espirituales del abuso?
No. La parte más difícil es reconocer que hay áreas de tu vida con las cuales vas a tener que lidiar todo el tiempo. Por ejemplo, el tema de la confianza. Lo que para otro ser humano es montarse en un avión y tirarse en un paracaídas,  para mí es  sencillamente confiar en los demás. Eso es un área muy difícil...   lo que representan para mí las noches, la oscuridad...
 
¿Todavía te atormenta la oscuridad y la noche? 
Sí,  todavía...  y  lo que significan ciertos sonidos.
 
¿Te atormentan los símbolos del poder?
Sí, el poder… en cualquier escala. El poder... una persona con poder. A veces he pensado que el mundo está dividido  entre las personas abusadas y no abusadas. Las personas abusadas llegamos a tener una serie de limitaciones para  interactuar con normalidad.

¿Qué cosas normales para otros te perturban a ti?
Por ejemplo, las  campañas electorales entran en esa categoría de cosas que resultan para mí como pesadilla. Hay gente que no te cree, incluso mujeres de esas que se dicen revolucionarias han dicho que lo tuyo es una acción política. Cuando alguien interpreta el acto de mi denuncia como un acto planificado  y calculado  se equivocan. Caen  en la mayor  descalificación al decir que se trató de un complot político. Mi denuncia fue un impulso de salvación ante una serie de hechos con los cuales intenté detener el abuso sexual. Todavía hoy vivo sólo con la fuerza de Dios  y de una conciencia muy bien puesta.  Cada vez que una persona se expone ante un sobreviviente de abuso sexual, tiene la elección de creerle o no creerle. Eso  depende mucho de su propia humanidad.
 
¿Por qué se habla de un complot político?

Tengo  contra mí una maquinaria  política que logró su cometido. Hacerme ver como una amenaza política.  Me amenaza el estigma político.  En esto está implicada la derecha y la izquierda, porque es una complicidad de poderes lo que no permitió tener acceso a la justicia. El tiempo ha sido mi mejor aliado.  Hoy es más la gente que me cree que hace cinco años.

¿Te sientes especial?
Mi testimonio no es diferente a la  de otra sobreviviente. Yo soy una más. No creo ser una abusada especial. No creo que  en eso de que pueda tener fama por ser abusada sexual política.  Mi historia y mi camino es el mismo que le toca recorrer a toda mujer que se decide por la denuncia.
 
¿Ya terminó todo?
Continúo expuesta al abuso de poder. Continúo amenazada por el uso del poder político de mi padrastro Daniel Ortega. Eso es lo que me mantiene con una demanda ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.  Un caso que no termina no porque yo lo prolongue, sino porque no ha habido la entereza política de enfrentarlo.
 
¿Sientes rencor?
No.
 
¿Contra tu mamá, que nunca te apoyó?
No.
 
¿Miedo?
Tengo miedo de que mi recuperación no avance lo suficiente para permitirme hacer cosas que quiero hacer.  Escuchar y amar a niños y niñas abusadas requiere que yo esté mejor cada día.  Aconsejar a una sobreviviente qué hacer  y cómo hacer requiere de mucha fuerza. Yo no tuve  la oportunidad  de tomar la suficiente distancia de mi ofensor, porque yo encuentro  todos los días a Daniel  Ortega en la televisión,  en el periódico y  hasta en la calle.  A veces, cuando la herida comienza a  sanar, aparece algo que la empieza a reabrir.
 
¿Cuál es el reto?

Mi mayor desafío es persistir en el intento de mantener limpio mi corazón. Estoy segura que hacia mi mamá no tengo rencor, pero sigue siendo parte  del poder político que me abusa y eso me obliga a mantener una distancia para ser respetada y para tener derecho a poder hacer mi vida. Este es el principal  anhelo: tener la posibilidad de sanar sin ingerencia y sin más abusos.
 
¿Cuál es la herencia de  la revolución sandinista?
Yo tenía, al triunfo de la revolución,  12 años. Fui formada en ese sistema de valores. Viví esa historia desde la perspectiva  de mi casa y de los valores que aprendí fuera de la casa. Mi participación política  tuvo que ver mucho con la sensibilidad  que mucha gente de mi generación logró para conocer los grandes problemas que tenían los pobres de este país. Pero vivía en la dicotomía de lo que ocurría en mi  casa, donde los valores no estaban claros y donde la experiencia de abuso marcó mi experiencia de mujer. Creo ser el resultado de una generación  de nicaragüenses que a trece años lleva  consigo un profundo humanismo, pero que lleva en su ser heridas profundas por la falta de ética y moral.  La doble moral fue el mayor antivalor heredado que nos tocó corregir con mucha represión y con mucho dolor y con el despertar que yo misma tuve al hacer mi denuncia

¿Qué le queda a nuestra generación de la soñada utopía?
Creo que en nosotros sigue habiendo un espíritu de transformación. En mi generación hay una profunda conciencia de luchar por aquello que se quiere. Esto, sin embargo, está nublado por el engaño,  por esa misma doble moral. Esos sueños y esa voluntad de lucha se han visto opacados por esa ambigüedad.  Lo que ocurría y que no te dabas cuenta nos hizo pedazos la utopía, pero nos ha permitido volver a construirla de acuerdo a nuevos valores y a nuevas creencias. Nuestra generación no está sin sueños, creo que los estamos renovando todo el tiempo y esa es la mejor herencia..

¿Qué pasó con aquellos líderes?

Te decía que la parte ética y moral fue la que empezaron a traicionar los grandes dirigentes que abusaron del poder. Muchos de ellos nunca estuvieron apegados a estos principios. Muchos de ellos ni siquiera los llevaban, sino que se disfrazaron. Para mí la batalla pendiente, y la que nunca se ganó, fue la batalla por la moral y por la ética. Ellos empezaron a distanciarse de toda la verdadera fuerza. De esa revolución de ellos no queda más nada. Pero creo que hay un espíritu pendiente intentando hacer cosas y no precisamente desde la parte política.

Las nuevas generaciones seguirán, en tu opinión, siendo tentadas por sueños de revolución?
Las circunstancias cambian. Mi mayor aspiración es que tus hijos y los míos  crezcan aprendiendo a ser coherentes. La doble moral  fue lo que marcó los valores de la familia y de  la vida cotidiana. En ese sentido no quisiera pensar que mis hijos van a crecer en esos valores. No creo que  en el marco de la familia y de los valores de la vida privada aquellos  puedan ser el esquema que debió acompañar a nuestra generación y a la futura.
 
¿Eres marxista?
Nunca he sido marxista. Por sobre todas las cosas me defino como cristiana.  Creo en la transformación de los conflictos por distintas vías.
 
¿Qué fue del hombre nuevo del que tanto se habló durante la revolución?
Retomo el aspecto de la doble moral. Reconocemos que las principales derrotas de la revolución tuvieron que ver con la formación  de valores profundos a partir de la falta de ejemplaridad de sus dirigentes. Tenemos que reconocer que el hombre nuevo se logró en aquellos que por su propia inspiración, por su propia manera de vivir la revolución alcanzaron humanismo, pero no precisamente porque se tratara de un precepto gestado desde los dirigentes políticos y desde vanguardias. Hubo un poco de revolución en cada persona que se involucró genuinamente,  no en aquellos  que convivieron con el abuso de poder y con el poder que llegó  a cegar mentalidades y que fanatizó a mucha gente.
 
¿Será que el papel de la izquierda, como decía alguien, es sitiar el poder, pero nunca tomarlo?
Creo que lo que está fallando  no es la izquierda ni la derecha, sino una cultura política que asume el poder como una forma de ejercer prácticas  inhumanas. De eso soy resultado yo en mi condición de mujer abusada.  Yo he sido  víctima de abusos de poder de la izquierda en mi familia. Y por la derecha  en la actual situación de impunidad que favorece a la misma persona que me hizo daño.
 
¿Eres una mujer triste o sólo estás triste?
No. No soy ni estoy triste. Encontré la manera de  seguir haciendo mi vida con otros. Nunca he estado tan acompañada como hoy. Puedo decirte que estamos haciendo otra revolución con el despertar de conciencia de mujeres y hombres abusados. Tuve que transformar mi cuerpo, mi conciencia, mi manera de ver la vida y el darme  cuenta de lo que alcanzo cada día, con mi familia, con mi esposo ,con mis hijos y lo que alcanza toda mujer que se atreve a hablar  es una gran satisfacción. No hay nada más feliz que sentirse libre, que sentirse transformándose profundamente.  A lo mejor la gran equivocación  de nuestras revoluciones fue empezar las liberaciones de arriba hacia abajo, pretendimos liberar países y luego liberar personas. La lección en mi vida  ha sido que en la medida que como mujer y como persona me he empezado a liberar y otros se han liberado conmigo estamos haciendo transformaciones verdaderas y vamos alcanzando pequeños espacios de felicidad. Pero eso pasa por la humildad de reconocer que somos pocos. Que existe  un poder que puede resultar aplastante. La impunidad es un poder aplastante
 

 
 
 
zoila1